24 julio 2012

Encerrados en el intelecto


Por mucho que aseveren en contra quienes de ello son víctimas, vivimos en la cáscara de huevo que supone el intelecto. Desde que nacemos se nos enseña a creer que lo único real es aquello que percibimos físicamente; lo que podemos tocar, oler, ver, comer u oir con nuestros cinco sentidos. Es decir, aprendemos a desarrollar las habilidades de nuestro cerebro izquierdo que es aquel que nos conecta con este mundo material y físico. Es el cerebro de lo racional, el que nos dice que hay que ver para creer y que sólo es real lo que vemos y percibimos como real y tangible. El cerebro del intelecto. Así el sistema educativo está enfocado en esa dirección y muchos profesionales liberales, eruditos e intelectuales son presos de ello, al haber obtenido sus grados y titulaciones a través de ese único medio de adquirir conocimientos, anulando  la otra mitad de sus potenciales, o dándolas de hecho por baladíes e infructuosas.
    La otra mitad de nuestro cerebro es el  derecho. Es el de la intuición, el de lo intangible, el que nos conecta con el cosmos; con el poder implícito de las leyes de este  universo  donde vivimos y formamos parte de él, y de su creador. El de la transcendencia. Es el cerebro que va más allá de la realidad que vemos; el de lo posible e imposible. Es el que usan los artistas, creadores, escritores, etc. En la conjunción de ambos está el mayor desarrollo de nuestras capacidades, no ya intelectuales, sino las fundamentales para llegar a entender quiénes somos dándole perspectiva al intelecto. No tenerlo es como el astronauta que deambula por la Luna sin comunicación con su sala de control y seguimiento en la Tierra. Su campo de acción y posibilidades quedarían drásticamente reducidos al no disponer de toda la información posible. Así andamos cuando sólo seguimos sólo el intelecto, perdemos contacto con nuestra "torre de control" y reducimos, por tanto, la mitad de nuestras potencialidades humanas para entender de qué va esto. Ortega y Gasset decía algo al respecto y lo decía bien algo así como que:  enseñar significa enseñar a dudar de lo que se aprende. O esta otra: Sorprenderse, extrañarse, es comenzar a entender. José Ortega y Gasset.

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